EVANGELIO DEL DOMINGO

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XIII Domingo durante el año.

-2 de julio de 2017-

 

Homilía de la Santa Misa radial:

CADENA 3

Mons. Carlos José Ñáñez   Mons. Pedro Javier Torres

Santa Misa por Canal C de Córdoba.

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Palabra de Dios.

 

 

Segundo libro de los Reyes  4, 8-11. 14-16a

Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19

Carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma      6, 3-4, 8-11

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo  según san Mateo           10, 37-42

 

 

Lectura del segundo libro de los Reyes      4, 8-11. 14-16a

            Un día, Eliseo pasó por Sunám. Había allí una mujer pudiente, que le insistió para que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba, él iba a comer allí. Ella dijo a su marido: “Mira, me he dado cuenta de que ese que pasa siempre por nuestra casa es un santo hombre de Dios. Vamos a construirle una pequeña habitación en la terraza; le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando él venga, tendrá donde alojarse.”

            Un día Eliseo llegó por allí, se retiró a la habitación de arriba y se acostó. Pero Eliseo insistió: “Entonces, ¿qué se puede hacer por ella?” Guejazí respondió: “Lamentablemente, no tiene un hijo y su marido es viejo.” “Llámala”, dijo Eliseo. Cuando la llamó, ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: “El año próximo, para esta misma época, tendrás un hijo en tus brazos.”

 Palabra de Dios.

 

 

SALMO         Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19

 R// Cantaré eternamente el amor del Señor.

 

            Cantaré eternamente el amor del Señor,

            proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.

            Porque tú has dicho: “Mi amor se mantendrá eternamente,

            mi fidelidad está afianzada en el cielo.  R.

 

            ¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte!

            Ellos caminarán a la luz de tu rostro;

            se alegrarán sin cesar en tu Nombre,

            serán exaltados a causa de tu justicia.  R.

 

            Porque tú eres su gloria y su fuerza;

            con tu favor, acrecientas nuestro poder.

            Sí, el Señor es nuestro escudo,

            el Santo de Israel es realmente nuestro rey.  R.

 

 Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma       6, 3-4, 8-11

 Hermanos:

            ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.

            Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él. Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

 Palabra de Dios.

 

 

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo  según san Mateo           10, 37-42

 Dijo Jesús a sus apóstoles:

            “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

            El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

            El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

            El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

            El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

            Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.”

Palabra del Señor.

 

 Reflexionando juntos.

 

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todas estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbres e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible?. Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron clara conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían darle prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían, en últimas, retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. La gente, principalmente de origen judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en un apego obtuso y paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este enorme y desordenado afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más, pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentezco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ‘ágape’. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que nos propone el evangelio. Y por esta misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal del reinado de Dios. Amar a Jesús es amar a las personas que él amo: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llego a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

El comentario bíblico es tomado

de Servicios Koinonía. 

www.servicioskoinonia.org